Hemeroteca del mes Septiembre 2009

“Tordesillas, lugar privilegiado”, anuncia con pompa la web oficial del pueblo. Y sin duda debe serlo, herido por la belleza del Duero y repleto de palacios de notable historia, entre otros, el que va mantuvo encerrada a Juana la Loca hasta que murió. No tengo ninguna duda de que esconde rincones seductores, y que sus paseos son de denso y amable recorrido. Pero, como cualquier espacio vital repleto de muchas vidas en su rica vida colectiva, Tordesillas es, estos días, un pueblo oscuro, tenebroso, vinculado a la barbarie, a la maldad y a la violencia gratuita, contaminado por la sangre que ha decidido hacer correr para perpetuar su honda vergüenza. Quizás sea un punto bello en la geografía, pero hoy lo siento como un agujero negro cuya voracidad devora toda la belleza que podría tener. No. No es bella la crueldad. No es bonita la fiesta, si la fiesta se convierte en la expresión pública del horror, de un horror sin discusión, sin otro matíz que el de intentar disfrazarlo con pretendidas tradiciones centenarias, tradiciones cuya única virtud es permitir “legalmente” expresar los instintos más primitivos. Ciertamente podríamos embrollarnos en espesas discusiones sobre el concepto de tradición, pero éste es un debate falso, porqué ninguna tradición puede amparar a la maldad.

¿Qué fiesta es la que, el miércoles 14 de setiembre, a las once de la mañana, enfervorizó al nutrido grupo de bárbaros que la perpetraron y al público igualmente bárbaro que la disfrutó? Tiene que ser un toro de más de 500 kilos, un animal noble, robusto, capaz de aguantar durante mucho tiempo los golpes de palos de la enloquecida gente que lo embiste. Es decir, resulta imprescindible que sea un animal fuerte para que aguante más tiempo la tortura, no fuera caso que muriera pronto y se acabara la fiesta. El ayuntamiento, en un alarde de civilidad notable, plantea normas a la barbarie: el animal no puede ser embestido con tractores y no puede ser golpeado hasta que llega a un determinado lugar. Y a partir de aquí, decenas de golpes hasta acabar con su vida en una larga y terrible agonía. Este es el relato que nos hacía uno de los periódicos de la zona, justo acabado el evento: “Todo ha comenzado a las 11 de la mañana. A esa hora se ha soltado el animal en la plaza. Los caballistas van acompañando al toro hasta que llega a una zona de campo. Ahí entran en acción los vecinos con las lanzas. Son lanzas de 30 centímetros de hoja y sirven de espolones para acabar con el toro. En esta ocasión, como casi siempre, el toro no se ha salvado. Y ha caído muerto, sangrando por todo el cuerpo”. El afortunado personaje (este año respondía al bonito nombre de “el viti”) que consigue dar el golpe mortal al desgraciado toro, tiene el derecho de arrancarle los testículos y, en un alarde de testosterona macabra, mostrarlos orgulloso hincados en el extremo de la pica. Dicen que esto último no está permitido últimamente (el sadismo tiene su corazoncito), pero continua practicándose. Finalmente, el Ayuntamiento otorga al ganador una insignia de oro y lo obsequia con una lanza de hierro forjado. Dicen que todo ello ha sido visto y disfrutado por miles de personas.

Expreso mi dolor profundo. Pero no solo por la muerte salvaje de un animal noble, por el espectáculo de la crueldad convertido en fiesta y jolgorio, por el ritual público y asumido de la tortura. Expreso mi dolor profundo por la derrota de la belleza en manos de la más profunda fealdad, por la derrota de la humanidad en manos del instinto salvaje, por la estricta y pura derrota de la bondad. Que un personaje sin nada en el alma, capaz de perseguir brutalmente a un pobre animal con lanzas, y capaz de conseguir el honor de ser el que finalmente lo mata, que este personaje se convierta en un héroe premiado por el Consistorio, envidiado por sus vecinos y mimado por los colegas, quiere decir que estamos realmente mal. Quiere decir que Tordesillas es un pueblo embrutecido, envilecido, vergonzoso. Quiere decir que su gente no es capaz de reaccionar ante su propia barbarie, quiere decir que no existe masa crítica, quiere decir, en definitiva, que hace buena la leyenda de qué el ser humano es el más malvado de los animales.

Podríamos hablar de lo que significa educar en la tortura. Podríamos pararnos en reflexionar sobre la pedagogía de la violencia, sobre esos niños educados en el desprecio a la vida, envilecidos desde pequeños con el espectáculo de la muerte. ¿Podríamos? Podríamos decir por enésima vez que el respeto a los animales es una responsabilidad ética y una obligación moral. Podríamos hablar de la obligada revisión de las prácticas tradicionales que son la excusa para la crueldad pública. Pero, si me permiten, siento una profunda fatiga, la fatiga de todo lo dicho tantas veces, de lo expresado desde el dolor y la rabia, la fatiga de estar convencida de qué las palabras no hacen mella en el reino de los instintos primarios.

Tordesillas puede disfrazarlo como quiera. Puede poner sobre la mesa desde intereses económicos hasta tradiciones centenarias. Puede explicarnos, fuera de micrófono, que ningún alcalde se atreve a enfrentarse a la tradición. ¿No es esa misma, la excusa que ponen los alcaldes catalanes que permiten y potencian la bárbara práctica de los toros ensogados y embolados? Y si me apuran, Tordesillas hasta puede hacernos creer que el toro se lo pasa fantásticamente hasta el día de la feroz agonía. Se pueden encontrar tantas excusas como densa imaginación hay en la gramática del sadismo. Pero lo que queda, desnudo de todo, es un animal noble, con todo el cuerpo brutalmente vapuleado, repleto de heridas sangrantes, muerto por decenas de golpes, sin otra culpa que haber nacido en un bello rincón del Duero, repleto de bárbaros. Pueden ser bárbaros pasados por la tecnología, con telefonía móvil y conexión a Internet. Pueden formar parte de la corrección política y hasta ser gente de orden y de misa. Pueden ser pacíficos, simpáticos y seductores. Pueden ser el mejor pueblo del mundo. Pero, ante el Toro de Vega, son el mejor pueblo del mundo, repleto de bárbaros.

Pilar Rahola
Diari Avui. Barcelona.
http://www.pilarrahola.com/

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Aquí os dejo un artículo que escribió ARTURO PÉREZ REVERTE, acerca del toro de la Vega de Tordesillas.
 
“Se me han cabreado unos vecinos de Tordesillas porque el otro día califiqué de chusma cobarde a la gente que se congrega cada septiembre para matar un toro a lanzazos mientras la junta de Castilla y León, pese a las protestas de las sociedades protectoras de animales, mira hacia otro lado y se lava las manos en sangre, con el argumento de que se trata de una tradición y un espectáculo turístico. No sé si es que los llamara chusma o los llamara cobardes, o las dos cosas, lo que pica el amor propio de mis comunicantes. El caso es que se dicen «lanceros de Tordesillas, y a mucha honra», y preguntan cómo yo, que alguna vez he escrito que me gusta asistir de vez en cuando a una corrida de toros, me atrevo a hablar así de lo que desconozco, o sea, de «un duelo atávico y mágico, un combate de la bravura contra la inteligencia, un ritual de valor y de bravura que se celebra desde tiempo inmemorial». Exactamente eso es lo que dicen y lo que preguntan. Así que, con el permiso de ustedes, se lo voy a explicar. Despacito, para que me entiendan.

Amo a los animales. Por no matarlos, ni pesco. Tengo un asunto personal con los que exterminan tortugas, delfies, ballenas o atún rojo. También prefiero una piara de cerdos a un consejo de ministros. Creo que no hay nada más conmovedor que la mirada de un perro: mataría con mis propias manos, sin pestañear, a quien tortura a un chucho. Sostengo que cuando muere un animal el mundo se hace más triste y oscuro, mientras que cuando desaparece un ser humano, lo que desaparece es un hijo de puta en potencia o en vigencia. Eso no quiere decir, naturalmente, que caiga en la idiotez de algunas sociedades protectoras de animales que dicen que cargarse a un bicho es un acto terrorista. Incluso, como apuntaban mis comunicantes, cada año voy un par de veces a los toros. Cada cual tiene sus contradicciones, y una de las mías es que me gustan el temple de los toreros valientes y el coraje de los animales nobles. Es una contradicción -tal vez la única, en lo que tiene que ver con los animales- que asumo sin complejos; y sólo diré, en descargo, que nunca me horroricé cuando un toro mató a un torero. Al torero nadie lo obliga a serlo; y a cambio de jugarse la vida, gana dinero. Si no murieran toreros, cualquier imbécil podría estar allí. Cualquier cobarde podría dárselas de matador de toros. Cualquier mierdecilla podría justificar por la cara, sin riesgo, su crueldad y su canallada.

Yo he visto matar. Con perdón. Matar en serio. He visto hacerlo de lejos y de cerca, a solas y en grupo, y me he formado ciertas ideas al respecto. Una de ellas es que degollar y cascar tú mismo, cuando toca, forma parte de la condicion humana; y que son las circunstancias las que te lo endiñan, o no. También tengo una certeza probada: muy pocos son capaces de matar cara a cara, de tú a tú, jugándosela sólo con su inteligencia y su coraje, si alguien no les garantiza impunidad. Recuerdo a verdaderas ratas de cloaca, incapaces de defender a sus propios hijos, enardecerse en grupo y gallear, pidiendo sangre ajena, cuando se sentían respaldados y protegidos por la puerca manada. Conozco bien lo miserable, cruel y violento que puede ser un individuo que se sabe protegido por el tumulto. También leo libros, vivo en España, conozco a mis paisanos, y sé que para linchar y apuñalar por la espalda, aquí, somos unos artistas. Lo hacemos como nadie. Por eso, que media docena de tordesillanos, o más, se quejen porque a estas alturas de la feria me asquea lo del toro de la Vega y me cisco en los muertos de los lanceros bengalíes, me tiene sin cuidado. Lo dije, y lo sostengo. Llamar combate, torneo y espectáculo de épica bravura a miles de fulanos acosando a un animal solitario y asustado, y después tratar de héroes a una turba enloquecida por el olor de la sangre, que durante media hora acuchilla hasta la muerte al toro indefenso, refugiado en un pinar, y que luego salga la alcaldesa diciendo que «el combate fue rápido y ágil», y que el Aquiles de la jornada, o sea, el cenutrio que le metió el primer lanzazo, alardee, como el año pasado, de que «el toro estaba a la defensiva y se escondía en los arbustos, así que era difícil alancearlo», es un sarcasmo, una barbaridad y una canallada. Se pongan como se pongan. Al menos, en las plazas de toros el animal tiene una oportunidad: empitonar a su verdugo, de tú a tú. El consuelo, tal vez, de llevarse por delante al cabrón que lo atormenta.

Así que, por mi, todos los heroicos lanceros de la Vega pueden irse a hacer puñetas.

Fuente: El semanal(25 mayo 2003).

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Hoy, uno de septiembre, comienza el año laboral para infinidad de personas, que aún nos regimos imaginariamente por calendarios escolares. Venimos del verano, que en España es ese tiempo feroz en el que a miles de pueblos se les ocurre la inquietante idea de divertirse martirizando sádicamente a los animales. Y a eso lo llaman fiesta, aberración semántica que repugna mi inteligencia y mi corazón. Que a estas alturas del siglo XXI, y pretendiendo ser un país modernísimo y civilizado, sigamos teniendo esos usos propios de coliseo romano, es algo que no entiendo.

De modo que salimos de nuestro habitual verano de matarifes, este año especialmente caliente con las muertes ocurridas en los sanfermines y otros encierros: supongo que las truculentas escenas de esos hombres colgando de los cuernos deben de parecerles muy civilizadas a los que sostienen que todo esto es cultura. Pero lo peor es que dentro de dos martes, el día 15, como siempre en septiembre, estrenaremos curso con la fiesta más repugnante de todas: el Toro de la Vega de Tordesillas, que consiste en que cientos de verdugos persiguen y acuchillan a un pobre animal durante horas. Me indigna la gratuidad de todo: tanto sufrimiento, ¿para qué? Qué desconsuelo que los años pasen y los energúmenos vuelvan a salirse con la suya. Aunque lo cierto es que las protestas arrecian cada año y esos energúmenos son cada día menos. En Tordesillas hay mucha gente sensata que acabará imponiendo la razón, como se ha impuesto este año en el toro de Coria, que por primera vez ha muerto sin haber sido asaeteado por cientos de dardos. Creo en el posibilismo y esto, aunque a algunos les parezca poco, es un claro avance: mis aplausos. Por eso apelo a los muchos tordesillanos de bien: seguid el ejemplo de Coria e id acabando con este paroxismo de crueldad. Haced historia.

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Por lo que he podido apreciar, para el pueblo de Tordesillas es un orgullo la fiesta a su Patrona, en dónde el mayor jubilo es para el “Toro de la Vega”.
Lo que no se, es si para su patrona, La Virgen de la Peña también lo serán.
Los Tordesillanos justifican la fiereza y crueldad con que tratan a su toro como “tradición” sin darse cuenta que muchos defensores de tradiciones se escudan en ellas para inventarse un pasado arcaico y asegurarse un futuro ilimitado. Sino, porque en el siglo en que vivimos existe aun en este mundo ablaciones, burkas, lapidaciones, machismo, racismo y un largo e.t.c.
Todos los años una y otra vez, la gente de este pueblo se empeña en torturar a un ser, que como ellos siente y padece el dolor, yo solo les recordaría, que: la vitalidad de una tradición depende de su capacidad para renovarse, cambiando en forma y fondo, inclusive profundamente, para seguir siendo ÚTIL.
Esperemos que pronto la tradición en este pueblo sea la de respetar y dejar vivir en paz a los animales.

 

Podemos juzgar el corazón de un hombre según trata a los animales.(Kant)
Podemos juzgar el corazón de un hombre según trata a los animales.(Kant)

 

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